La misión según el Concilio Vaticano II (Decreto Ad Gentes)
El decreto Ad Gentes Divinitus del Concilio Vaticano II (1962-1965) sobre la actividad misionera de la Iglesia, considera que la misión esencial de la Iglesia es la evangelización y esta le corresponde a todos los bautizados. Esta misión de la Iglesia proviene de la iniciativa de Dios Padre que envía a su Hijo y al Espíritu Santo para que toda la creación participe de la vida divina. La misión de la Iglesia es un encuentro con personas y grupos humanos que tienen su mundo cultural y religioso en donde Jesús aún no ha llegado, en el cual actúa el Espíritu Santo y brotan las semillas del Verbo. Los puntos centrales del Decreto son:
- Evangelización: El Concilio Vaticano II comprende la palabra "evangelización" en tres distintas acepciones: "o la sola predicación misionera (Ad Gentes 6, 26), o todo el ministerio de la palabra (Lumen Gentium 35,18; Christus Dominus 6,10; Gaudium et Spes 44,13; Apostolicam Actuositatem 2,20, etc.) o toda la actividad misionera de la Iglesia (Ad Gentes 23,6; 27.15; etc.)." Este término revistirá de gran importancia en la reflexión posterior al Concilio, y así en la década del 80 se comienza a hablar de la "nueva evangelización". Y entonces decimos que hay evangelización cuando se anuncia el Evangelio desde el testimonio y sentido de la vida. El documento distingue tres formas concretas de evangelización de la Iglesia:
-- Nueva evangelización en actividades pastorales de primaria importancia como: el catecumenado (como proceso de iniciación), la catequesis (sobre todo de adultos),la pastoral familiar,la formación de agentes y testigos creíbles.
-- Nueva evangelización en otros espacios como por ejemplo: la educación (en respuesta a la "emergencia educativa" presente en la sociedad actual), de la actividad humanizante y cultural (como contribución a la necesaria "ecología de la persona humana"), de la apertura de "atrios de los gentiles".
- Superar el clericalismo pastoral: Se invita a incorporar la práctica misionera y pastoral no solo de obispos y sacerdotes, sino también de laicos, religiosos, asociaciones, institutos, entre otros y contar con un laicado maduro, formado y responsable. La obligación principal de los laicos (hombres y mujeres) es el testimonio de Cristo al que deben responder con la vida y la palabra en la familia, en su grupo social y en la profesión. Como consecuencia de esto, debe aparecer el hombre nuevo, creado según Dios en justicia y santidad verdadera. Y deben expresar esta vida nueva en el ambiente de la sociedad y de la cultura patria, según las tradiciones de su nación (AG 21).
- El espíritu y las dimensiones de la acción misionera: Animan y configuran la práctica de la misma y promueven la formación del clero, los religiosos, laicos, catequistas, etc. (AG 15-18).
- La pastoral se abre al diálogo ecuménico e interreligioso (AG 6): El espíritu ecuménico de los cristianos -según el decreto AG- debe conducir a formas civilizadas de entendimiento y colaboración en los distintos aspectos de la vida, no solo religiosa, sino también civil y cultural: "En cuanto lo permitan las condiciones religiosas, promuévase la acción ecuménica de forma que, excluida toda especie tanto de indiferentismo y confusionismo como de emulación insensata, los católicos colaboren fraternalmente con los hermanos separados, según las normas del decreto sobre el ecumenismo, en la profesión, en lo posible común, de la fe en Dios y en Jesucristo delante de las naciones y en la cooperación en asuntos sociales y técnicos, culturales y religiosos" (AG 15). Y no puede faltar la práctica concreta de un "ecumenismo interno", es decir que también brille "la caridad entre los católicos de los diversos ritos" (AG 15). El diálogo y la colaboración debe extenderse a todas las personas y realidades de todas las pertenencias culturales y religiosas: "para que los fieles puedan dar fructuosamente este testimonio de Cristo, únanse con aquellos hombres por el aprecio y la caridad, siéntanse miembros del grupo humano en el que viven y tomen parte en la vida cultural y social interviniendo en las diversas relaciones y negocios de la vida humana, familiarícense con sus tradiciones nacionales y religiosas; descubran con gozo y respeto, las semillas de la Palabra que en ellas se contienen; pero atiendan, al propio tiempo, a la profunda transformación que se realiza entre las gentes y trabajen para que los hombres de nuestro tiempo, entregados con exceso a la ciencia y a la tecnología del mundo moderno, no se alejen de las cosas divinas, sino que por el contrario, despierten a un deseo más vehemente de la verdad y de la caridad revelada por Dios" (AG 11). En este documento conciliar, vemos una mirada de simpatía hacia el ser humano y al mismo tiempo, defiende un espíritu abierto a la colaboración y al diálogo.
Los carismas del Espíritu en la Iglesia y de un Nuevo Pentecostés -de los que habla tanto el Concilio Vaticano II- si bien nunca estuvieron totalmente ausentes, se habían visto disminuidos con el paso del tiempo, por lo tanto, era necesario reavivar el fuego misionero. El Decreto Ad Gentes se ocupó especialmente de la misión de la Iglesia. Desde sus orígenes, la Iglesia es misionera. Sin embargo, la teología de la misión del Vaticano II no se originó en el taller del Decreto Ad Gentes, sino que surgió de campos teológicos aprobados por nuevas prácticas pastorales. Estas prácticas que por mucho tiempo fueron rechazadas en el interior de la Iglesia Católica, en el Concilio se impusieron como auténticas interpretaciones de las señales de Dios en el tiempo. Surgieron en los campos eclesiológico-pastorales, litúrgicos y ecuménicos. Por consiguiente, los impulsos determinantes para la teología de la misión, procedieron de las Constituciones sobre la Iglesia (Lumen Gentium, Gaudium et Spes) y la Liturgia (Sacrosanctum Concilium), de los Decretos sobre el Ecumenismo (Unitatis Redintegratio) y la Vocación de los Laicos (Apostolicam Actuositatem) y de las Declaraciones sobre la Libertad Religiosa (Dignitatis Humanae) y las Religiones No-Cristianas (Nostra Aetate). También el Código de Derecho Canónico después dirá: "como por su misma naturaleza, toda la Iglesia es misionera, y la tarea de la evangelización es deber fundamental del pueblo de Dios, todos los fieles, conscientes de su propia responsabilidad, asuman la parte que les compete en la actividad misional" (c 781).
La primera pregunta de los padres del Concilio surgió de la siguiente preocupación: ¿cómo poner al día a la Iglesia con el mundo (aggiornamento) y con una nueva conciencia histórica, y como dialogar con la nueva realidad? De estas preguntas surgió el paso de la misión territorial a esencia misionera de la Iglesia Pueblo de Dios. Esta esencia se origina en el Dios Uno y Trino. La centralidad de Dios, su cercanía con los pobres y su verdad que libera, exigen de la Iglesia una naturaleza profética ante el proyecto negativo del reino del pan no compartido, del poder que no es servicio, del privilegio que produce la acumulación y del prestigio que organiza eventos ostentosos en lugar de producir procesos de transformación. Se comprende la misión como lucha militante para un mundo mejor a partir de los conflictos que rodean a los pobres, a los excluidos y a los que sufren. La importancia histórica de la misión reside en su vinculación con el proyecto del Reino (Cf GS 22 b; LG 13 b; AG 3 b, 22 a.b; Puebla 400) y en la articulación del diálogo ecuménico e interreligioso con toda la humanidad. La esencia misionera de la Iglesia está al servicio del Reino.
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